Uno de los mayores retrocesos que ha experimentado la industria del
control de plagas en los últimos años, es el de los precios a la baja sin
ninguna razón aparente que lo justifique, ya que por el contrario, los
costos internos de las empresas se han incrementado notoriamente por
diversos factores.
La empresa de control de plagas, padece hoy una carga impositiva mucho mayor
que hace una década atrás, motivada por un incremento de las alícuotas
tributarias, la aparición de nuevas cargas como el impuesto al cheque, la
ley de riesgos del trabajo, inclusive por aumentos salariales que debimos
asumir en uno de los peores momentos de la historia económica argentina,
con un costo de vida que creció geométricamente desde la depreciación de
nuestra moneda nacional.
Si a esto le agregamos la aparición de un mayor número de actores en el
mercado por factores múltiples, que van desde los retiros voluntarios en
algunas mega empresas del estado, hasta los altos niveles de desocupación
que padece nuestro país, vemos con claridad como la participación del
empresario de control de plagas en la torta económica nacional, es cada vez
menor.
Lamentablemente, debido a la falta de un orden jurídico adecuado,
cualquiera puede con muy poca inversión y exigencias legales endebles,
habilitarse como controlador de plagas, sin demasiados conocimientos
técnicos, y en muchos casos sin demasiadas aspiraciones de desarrollo
empresarial. Esto conspira contra los valores reales que deberían tener las
prestaciones de control de plagas, basados en el conocimiento profundo de la
materia y la enorme responsabilidad social que conlleva para los operadores.
La falta de un compromiso sólido con la actividad, lleva a menospreciar su
enorme valor como aporte a la calidad de vida de la gente, y se termina así
vendiendo aplicaciones químicas, en vez de cobrar honorarios por las
exclusivas incumbencias técnicas adquiridas en la materia.
Es así, que con un total desconocimiento del valor social del operador en
control de plagas, algunos elaboran sus tarifas en base a los gastos de
traslado e insumos utilizados, sin considerar en lo más mínimo las otras
variables, condenándose al estancamiento comercial y profesional.
También la certificación de tratamientos "no realizados", es
otra forma muy común de distorsionar los valores de mercado, a partir de
que algunos operadores cobran por no trabajar, certificando ilegalmente, en
una de las prácticas mas deleznables y desleales que contamina al sector, y
lo sumerge en un submundo de oscuras y despreciables corruptelas.
Si a esto le agregamos el alto nivel de evasión impositiva que hace que
esas cargas ni siquiera se consideren por parte de cuentapropistas
temporales que entran y salen del mercado a voluntad dejando el tendal de
clientes mal atendidos a su paso, el escenario comercial se complica mucho
más. ¿Cómo le vamos a pedir a estos señores que procedan con ética
comercial y no de la manera que lo hacen, si carecen de ambiciones
profesionales y empresariales, y en muchos casos están "de paso"?
Debemos lograr un ordenamiento jurídico, que ponga a todos los actores en
un pié de igualdad técnica y fiscal para ganar en transparencia,
fomentando de este modo la ética comercial y la valorización del rol
social del PCO.
Cuando los operadores en control de plagas argentinos entiendan que no
deberían vender aplicaciones químicas, ni cobrar por insectos o roedores
muertos, y que su principal activo es el tiempo invertido en su
capacitación técnica, podremos hablar de verdadero profesionalismo y de un
mercado fuerte y sano.
Mientras tanto, solo seremos comerciantes que suman costos, le agregan un
porcentaje de ganancia a sus servicios, y cotizan más influenciados por
sacarle un cliente al colega que por lograr una renta acorde a sus valores y
capacidades profesionales.